CIUTAT PRÒPIA / VALÈNCIA / HISTORIAS
Las utopías que sí se construyeron: de los chalets de los periodistas al Espai Verd.
IDEAS CLAVE
Chalets de los periodistas y La Previsora: ciudad jardín y vivienda obrera al amparo de la Ley de Casas Baratas.
La Finca Roja: un castillo de ocho torres concebido como laboratorio social.
Espai Verd: cooperativa bioclimática construida desde 1986, rechazada al principio y hoy visionaria.
El contrapunto: Turianova, concebido para 2.300 viviendas.
El debate sobre la vivienda se ha quedado en cuántas construir. Los cuatro proyectos de este repaso preguntan otra cosa: qué casas, de qué manera, para qué urbanismo. Cuatro utopías de ladrillo que València sí levantó, y lo que dicen frente a la ciudad de las grúas y del bloque cebra.

Fachada de La Finca Roja. Foto: Flickr/Antonio Marín Segovia.
En el debate habitacional de caballo que vivimos caben dos vías: la de quienes creen que la solución está en las grúas, y la de quienes sostienen que construir más no rebajará los precios porque la dinámica especulativa capturará lo nuevo igual que captura lo viejo. En ese sándwich apenas queda espacio para la otra cuestión: qué casas, promovidas por quién, para qué tipo de urbanismo. De fondo flota la sensación de que los proyectos arquitectónicos están abocados al «bloque cebra», promociones sin raigambre al territorio, replicables en cualquier parte. De ningún sitio.
En València, varios proyectos en pie representan épocas distintas en que la construcción se concibió como una oportunidad de transformación social. Fijarse en ellos puede provocar un conato de nostalgia, pero no se trata de recuperar sus formas: es prescriptivo atender a sus orígenes para preguntarse por qué apenas son posibles proyectos similares hoy.
Los chalets de los periodistas y La Previsora.
Los chalets de los periodistas nacieron en los años previos a la Guerra Civil como una utopía urbana incrustada en la frontera de València: dos orillas de casas bajas inspiradas en la ciudad jardín de Howard y en la Ciudad Lineal de Arturo Soria. La Asociación de la Prensa, al amparo de la Ley de Casas Baratas, quiso levantar un barrio propio para una intelectualidad que buscaba otro modo de habitar, y el arquitecto Enrique Viedma lo planteó como primera pieza de un paseo monumental que debía llegar hasta el mar. La guerra lo frenó y la expansión posterior de la avenida Blasco Ibáñez lo desfiguró: solo queda una orilla en pie, un rincón privilegiado de viviendas millonarias sobre una ciudad ya exenta de utopías.
La Previsora se levantó en 1928 como una rara avis a ojos actuales: un grupo de cien chalets obreros en régimen cooperativo, con depósito de agua, aprovechando la misma ley para ofrecer viviendas con jardín a funcionarios y trabajadores de ingresos modestos. Enrique Pecourt, junto a Borso di Carminati, trazó un microbarrio de corazón obrero en L’Hort de Senabre, colindando con Patraix, rodeado entonces de fábricas y talleres, que simbolizó el ascensor social de una nueva clase obrera. Hoy cada una de sus unidades es también objeto de deseo: un espejismo de otro modo de habitar en plena ciudad.
La Finca Roja, el laboratorio social.
La rareza monumental: un castillo de ocho torres en medio de un ensanche de aspiración burguesa. Viedma la concibió como un laboratorio social, inspirado en las colonias vienesas y en la arquitectura obrera de Ámsterdam: viviendas dignas, higiénicas y funcionales para una clase media-baja, un patio común pensado como plaza interior y bajos destinados a comercios que activaran la vida de barrio. Tras resistir bombardeos, eras de desdén y especulación, la Finca Roja es hoy un icono urbano cuya autoestima vecinal se refuerza generación tras generación: un buen recuerdo de que proyectarse en grande para vecinos modestos es posible.
Espai Verd no es ciudad ni huerta, sino la utopía contra todo pronóstico.
Espai Verd, la que se adelantó al futuro.
La más reciente de las grandes utopías nació en la frontera entre València y la huerta: se anunció por primera vez en 1981 y Antonio Cortés la construyó por fases a partir de 1986, como una cooperativa más propia de una civilización avanzada. Sus terrazas superpuestas, sus jardines elevados y su piel bioclimática lo convirtieron en la réplica mediterránea del Hábitat’67, un manifiesto contra el desarrollismo. En sus primeros años fue recibido con hostilidad: el arquitecto Juan Luis Piñón lo definió en Levante-EMV como un bloque «raro», «egoísta y extraño», acusado de automarginarse y de negar la ciudad. El arquitecto Carlos Salazar lo resume así: una parte del establishment arquitectónico mostró un rechazo frontal, incapaz de aceptar un modelo alejado de la norma. Cuatro décadas después, la percepción ha dado la vuelta: un edificio visionario, no disparatado. Este octubre figura, una vez más, en el programa del Open House València.
El contrapunto: Turianova.
Frente a estas utopías, el horizonte actual son desarrollos como Turianova, el nuevo barrio a espaldas del Hospital La Fe, entre la V-30 y la V-31, concebido para 2.300 viviendas. Un modelo que el reportaje original situaba más cerca de lo anti-urbano que de la integración en la ciudad. Este otoño, según Las Provincias, ya son seis las torres levantadas y otras cuatro están en construcción, y desde abril está en obras el edificio Infinity, informó Levante-EMV. La pregunta que dejan las cuatro utopías sigue abierta: qué casas, de qué manera, para qué ciudad.
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